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Entrevistas

Entrevista al Dr. Alfonso Abad jefe de Cirugía Plástica y responsable de la Unidad de Quemados del Hospital Carlos Haya de Malaga

 

20/07/2005 Málaga Hoy

"La sociedad exige un buen físico, pero hay que saber envejecer con elegancia"

Es difícil que Alfonso Abad pierda su buen humor. Es afable y coqueto: se niega a decir la edad y admite que no lleva muy bien eso de ir perdiendo pelo, pero todo lo confiesa entre bromas. Este prestigioso cirujano plástico nació en Melilla y recaló en Málaga para hacer la especialidad. Nunca se fue. Fue el primer residente del Carlos Haya de cirugía plástica. Han pasado más de 30 años y hoy es jefe de sección de la especialidad y responsable de la Unidad de Quemados del hospital.

–¿Su especialidad es muy frívola?

–Es preciosa porque abarca una serie de patologías muy amplias. El título es cirugía plástica, estética y reparadora. La cirugía plástica lleva quemados, patología tumoral, malformaciones congénitas, cirugía de la mama. Luego está la cirugía estética pura y dura. Es una actividad muy extensa y apasionante. Incluye desde microcirugía hasta grandes quemados. Por ejemplo, se hacen cultivos de células para pacientes que no tienen piel.

–¿El intrusismo le ha hecho mucho daño a la especialidad?

–Mucho. Ahora la situación está mejor porque la gente está más concienciada. Mi actividad como presidente de la Sociedad Andaluza de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética se centró en divulgar la especialidad, que los pacientes recurrieran a un especialista y que hubiera mano dura contra el intruso.

–¿Qué le cambiaría a Málaga?

–Me lo pone muy difícil... Que los malagueños fuéramos un poquito más limpios. Estéticamente no le cambiaría nada porque es hermosa. Quizá los políticos no han sabido sacarle mucho partido a la ciudad. Los cirujanos plásticos somos sensibles a la belleza y una de las cosas que me encanta de Málaga es el color y la fidelidad de los malagueños con la naturaleza. El malagueño se ha inventado una flor que no existía: la biznaga. Málaga es una ciudad creativa y de color. Mucho rollo estoy soltando, ¿no? [se ríe].

–Insisto. Su especialidad es muy amplia, pero la parte estética ¿no es demasiado frívola?

No. No hay cosa más preciosa en este mundo que estar a gusto consigo mismo. Y a las personas que llegan buscando la estética hay que tenerles un gran respeto. Yo he tenido niños que llegan a operarse las orejas en asas. Los padres se oponen por miedo al riesgo, pero el problema lo lleva uno dentro.

–¿Entonces no es tanto físico como psíquico?

–Yo he visto cambios de personalidad tajantes. Conocí a una chica que no salía a la calle porque tenía un complejo con su nariz. Se hizo una rinoplastia y es una mujer feliz. Cuando tenemos un complejo hay que tratarlo. Por supuesto que también hay frívolas y frívolos.

–¿No estamos preocupados por lo exterior?

–Estamos demasiado preocupados por el exterior, pero es el entorno lo que lo induce. En mi época, no te voy a decir mi edad, era distinto. Hoy hay que tener un buen físico para todo. Te lo exige la sociedad. Antes, en los años 70, había una cirugía de elite. Hoy es algo normal. Tanto que los padres regalan a los hijos una operación de cirugía estética cuando terminan la carrera o el bachillerato.

–¿Deberíamos asumir de otra manera el paso del tiempo?

–Mira, para mí, como decía el eslogan, la arruga es bella. Hay que saber llevarla con elegancia y envejecer con elegancia. Hay personas que no saben envejecer y otras que están completamente maquinadas por la sociedad actual. Por ejemplo, hay separaciones en las que el marido se va con una chica más joven. Entonces la ex mujer quiere operarse para cambiar su look. Es un error. Hay que saber envejecer. Se puede acudir para quitarte esa anomalía que te preocupa, pero no pensando que van a quitarte diez o quince años. Eso no existe. Yo lo primero que hago en una historia clínica es un estudio psicológico de la paciente porque la arruga no la llevan en la cara, la llevan metida en el cerebro. Es una espina irritativa. La labor del cirujano plástico-estético es saber decir muchas veces no a la paciente.

–¿Ha dicho muchas veces que no?

–Muchas, y es mi éxito saber decir no cuando hay que decir no. No operar por operar. Además no quitamos años, los años no se quitan jamás.

–¿Usted se operaría?

–Yo estoy loco por hacerme un trasplante de pelo, no acepto mi calva, pero las técnicas no me convencen mucho [Vuelve a reírse].

–¿Pero por qué tener que retocarse para ser aceptado?

–Si la persona va a ser feliz... yo me brindo por entero, siendo honrado, aclarando las posibilidades y las limitaciones de la cirugía. Hay un defecto que yo soy muy feliz corrigiendo: las orejas en asas de los críos. Los niños son muy crueles, le llaman el orejón. Hay niños que intentan suicidarse. Ahora, eso sí, la juventud me da un poco de miedo. Son los medios de comunicación... [los responsables], con esos presentadores con dentadura tan blanca que duelen los ojos cuando los miras. Eso es lo que está vendiendo la sociedad de consumo. A mí me asusta un poquito eso. Hubo una época en que los hombres estaban muy retraídos por el miedo al qué dirán, hoy todos quieren ser metrosexuales. Eso por un lado es una satisfacción y por otro, una esclavitud, pero ambas cosas están imbricadas. ¿Dónde empieza el ser feliz y dónde la necesidad de ser feliz de esa forma? En los trabajos siempre piden buena presencia y pesa casi más que el currículum.

–¿Y qué le gusta más, poner siliconas o atender a un quemado?

–Atender a un quemado. Yo prefiero ser cirujano plástico antes que estético. Me pones en un aprieto. Pero hacer unos pechos me da también mucha satisfacción porque sé que esa mujer estará feliz. Hay algo importante en la cirugía estética. La gente cree que va a la peluquería y tiene que saber que va a un quirófano, que tiene sus riesgos.

–¿Qué le parece cómo han dejado a Michael Jackson?

–Se han hecho barbaridades, pero prefiero no hablar con nombres propios. En un congreso dieron el nombre de una histórica diva de Hollywood y se montó un follón...

–Pero en aquellas épocas no había cirugía estética.

–En Estados Unidos, sí. Es muy antiguo lo de la cirugía estética.

–¿Y por qué se han hecho barbaridades?

–Porque hay que saber decir no. Hay personas que son operables y otras no. Pero hay cirujanos que juegan a dioses y somos muy humanos. Hay que saber los límites de la cirugía. Me asusta la publicidad de cirugía estética donde todo se ve muy fácil y no es tan fácil. Insisto, no van a la peluquería, sino a un quirófano.

–¿Se ha universalizado la cirugía estética?

–Me parece muy bien, ha dejado de ser elitista. ¿Por qué no todo el mundo va a tener derecho? Me parece fantástico que una obrera se pueda poner una prótesis. Es uno de los avances de la sociedad española. De hecho, mis pacientes la mayoría son de clase trabajadora. Elitistas me llegan muy pocos, se irán a Madrid o a París [otra vez se ríe]. Málaga es la primera ciudad de Andalucía y la segunda de España después de Madrid en cirugía estética.

Qué haría con el campamento Benítez?

–Un espacio verde sin más, con una biblioteca sobre las tres culturas de Andalucía, un espacio con muchas flores, con muchos colores. Que se dejen de museo de transportes y que todo sea gratis. Si fuera político, recuperaría los Baños del Carmen, es un rincón del siglo XIX que no sé por qué los políticos tienen tan abandonado. El problema es que sacar un proyecto es complicado cuando están implicadas administraciones de distinto color. Cuando la Junta es de un color y los ayuntamientos de otro, es muy problemático porque ambos se encuentran obligados al partidismo.

–¿Qué crítica le haría a la sanidad pública?

–Que hay contratos indignos, que está muy politizada, que ahora no trabajamos por la ética profesional sino por el miedo a la denuncia. El médico ya no teme a otra bata blanca [a la crítica de los compañeros], sino a la bata negra del juez. Habría que darle autonomía profesional a los médicos, que puedan hacer, planificar y no la politización de las listas de espera. Despolitizar un poquito los hospitales sería muy bueno. Que el médico no tuviera la presión de cumplir unos objetivos en unos tiempos determinados y estuviera relajado para hablar con el paciente.

–¿El paciente le ha perdido el respeto al médico?

–Porque le han dado todos los derechos. Llegas a un hospital y ves los derechos de los pacientes, no los del enfermero, del médico o del celador. La enfermería es la mártir de la sanidad y no tiene derecho a nada. Nada más que a la crítica constante. No hemos sido apoyados por la Administración. El usuario tiene derecho a todo.

–¿Espera el Metro?

–Con ansiedad. Miedo me dan las obras, pero es una ciudad costera, lineal, perfecta. Llega tarde. Vamos atrasados en todo; en el proyecto de circunvalación... por eso no me creo las promesas electorales.

¿Qué le parece que los homosexuales se casen?

–El tema está muy politizado. Hay que conceder el derecho, por supuesto, pero que no le llamen matrimonio. Creo que han tratado de sacar rendimiento político por un voto y las personas valen más que un voto.

–11-S, 11-M y 7-J. ¿Qué piensa?

– Son siglas de horror. Lo único que tiene el ser humano es la vida y lo digo como médico, que eso lo sé muy bien. Si nos la quitamos unos a otros es muy triste y más de esa forma. La violencia, el terrorismo son la degradación del ser humano. Cuando veo a jóvenes terroristas, me culpo a mí mismo de la sociedad que hemos creado. Me siento un poco culpable por la sociedad que hemos ofrecido a esa juventud.

–A lo largo de la entrevista se ha fumado varios cigarrillos. ¿Está de acuerdo con la persecución del tabaco?

–Rotundamente sí. Yo soy un fumador social. Es uno mis defectos públicos y confesables.

–Revéleme alguno inconfesable.

–Bueno, uno, soy soberbio; aunque como la cerveza, mucha espuma y después nada. Pero es congénito, mi padre era igual. Digo que a alguien le tendré que echar la culpa [Se ríe por enésima vez]. Sé perdonar, no soy rencoroso y mi mayor éxito es mi familia. Soy católico y practicante entre comillas porque practico poco.

–¿Después de todo este rato de charla no va a confesar su edad?

–No.

–Déme una pista.

–Nací cerca de la bomba de Hiroshima. (Al final precisa el día del nacimiento, pero pide que no conste en acta). Su pasión por el submarinismo le ha hecho perder parte de su capacidad auditiva. La presión de tantas inmersiones le ha dejado tocado un oído. Pero le puede la investigación sobre moluscos marinos. Tiene una amplia colección de conchas y fue fundador de una asociación andaluza para la investigación de los fondos marinos. Su padre era general. Había tramado que él siguiera la misma senda. Para no disgustarlo demasiado, Alfonso le dijo que sería militar, pero médico militar. Lo engañó. En Sevilla sólo estudió Medicina. Después también se licenció en Historia, otra de sus debilidades. Confiesa que le habría gustado nacer en el Renacimiento por el pensamiento humanista, los colores y las pinturas con pigmentos. Miembro del Ateneo y ex presidente de la Sociedad Andaluza de Cirugía Plástica, dice que tiene tres amores: su familia, Málaga y su especialidad. Es melillense, pero lleva más de 30 años en la capital malagueña. Confiesa que toda su vida está íntimamente ligada al Hospital Carlos Haya, a donde llegó con 23 años para formarse en la especialidad cuando aún no existía ni la figura de médico residente. Por eso bromea con que es "tan viejo" como el hospital. 

 

 

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